lunes, 5 de septiembre de 2011

El vagón número nueve

Os dejo un cuento recién sacado del tren, que diga, del horno.

Suele ocurrir, cuando uno viaja en tren, que su asiento esté ocupado por alguien a quien no le pertenece. He probado mi más correcto lenguaje, mi sutil mirada y mi torpe enfado, pero no hay manera. Quien ocupa el lugar, repite con exacta comicidad una cara de sorpresa seguida de un apoderamiento paulatino de la palabra y del propio asiento.

Sucedió en un viaje de Valencia a Santiago. La plaza que me correspondía estaba tomada por una mujer de mediana edad, cabello despreocupado, zapatos de piel y nariz ostentosamente operada. Su hierática presencia contrarrestaba con mi gesto cansado y quizá, por eso, fui incapaz de decirle ni una sola palabra, a pesar de que siempre me gustó viajar en ventanilla. Tras permanecer de pie durante cuarenta impávidos segundos decidí sentarme justo a su lado.

Abrí el libro de relatos por la página treinta y nueve, encabezada por “Mapa de soledad”. Cuando leo apenas me rodeo de dos elementos básicos, un bolígrafo o marcador y el mayor silencio posible. En ocasiones si el silencio no es suficiente o mi necesidad es inmediata, puedo acompañarme solo del primero de los ingredientes.

Mi compañera de viaje dejaba reposar en sus rodillas un best-seller y un reproductor de sonido. Ambos teníamos claro que no compartiríamos ninguna palabra y un delicado giro buscando las proximidades de nuestras espaldas lo confirmó.

Llegando al final del libro y del trayecto, el bolígrafo escapó de entre mis manos buscando el suelo. Rápido y, debido a su circular figura, comenzó a girar hasta esconderse debajo del asiento de mi acompañante. Los intentos por atraparlo desde mi posición fueron en vano. Con la mayor delicadeza que pude, sugerí a mi improvisada compañera de vagón levantarse para poder iniciar una complicada maniobra. Apenas se levantaba vacilante, entregué mi brazo a los simples pero correosos bajos del asiento y conseguí recuperar el bolígrafo.

Al incorporarme encontré su rostro que, ligeramente, había ganado en expresión.

-          Por fin – dijo.

Yo respondí con una sonrisa aceptando su escueta afirmación. Sin embargo nunca supe con certeza si su “por fin” era una interjección empática por haber logrado recuperar el bolígrafo, un suspiro lento que anunciaba el final del recorrido o quizá, una exclamación súbita y, casi, de aliento, por haberme atrevido a reclamar lo que desde un principio los dos supimos que me pertenecía. Mi asiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario