sábado, 24 de diciembre de 2011

Escrubutando las persemonas

  ... o la importancia de la palabra en tiempos de crisis.   

     Vienen curvas y algunas demasiado cerradas, con riesgo a volcar. Decir que estamos en crisis no es noticia, pero ¿qué crisis? Desde hace años la capacidad, el status y nivel de los estados se mide en función única de sus ingresos y de su PIB. El concepto "desarrollo" sufre una suerte similar. Al hablar de desarrollo como concepto global, nos referimos al "conjunto de modificaciones que hacen pasar de un estado a otro superior". El humano puede desarrollarse mejorando su autogobierno, independencia, inteligencia o habilidades, pero... ¿un país? Su desarrollo puede virar en torno al grado de emancipación de sus ciudadanos, de mejora de su enseñanza o de sus instalaciones y personal sanitario. Pero insisten en que el desarrollo de un país y, por tanto, su crisis, atienda solo a directrices económicas. 

    De esta manera la nueva política que entra para quedarse solucionará el problema de la mal llamada crisis, para llevarnos a una situación del mal llamado desarrollo. El camino es sencillo: vulnerar y ningunear cada uno de los avances y logros que el estado, provincia, barrio o región haya logrado, poniendo sus esfuerzos en atender el fenómeno económico. De esta manera se consigue legitimar ese hurto a cara descubierta de libertades y derechos. Por una simple, llana y sencilla cuestión de definición y uso de la palabra. Si la crisis es esto o aquello, yo soluciono esto o aquello. Y todo lo que hay alrededor no importa. Así pasamos de tener una Concejalía de Bienestar Social a una ajena que se encarga de los "asuntos sociales". Pasamos de la Sanidad Pública al copago, o menos eufemísticamente hablando, y como decía Javier Gallego, al repago. Y pasamos por supuesto, de hablar de Cultura y Educación a hablar de Esfuerzos y Compromiso, como conceptos antagónicos. 

     La palabra se torna fundamental, porque en su manejo y su distorsión nos hacen parte creyente de su engaño. Ojalá fuera cierto eso de que van a llamar al pan, pan y al vino, vino. Quizá así digan abiertamente que saldremos de una crisis económica a costa de un crisis social, cultural, sanitaria, educativa y pública. Mientras no llamemos a las cosas por su nombre a mí que no me escrubuten las persemonas.

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