martes, 17 de febrero de 2015

Atilio en La Cueva del Erizo

Nueva reseña de Atilio, esta vez en La Cueva del Erizo, las palabras son de Sergio Sancor. 
Ilusionado con lo que leo del pequeño ratón. Gracias.

¿Conoces a algún caballero de los de antaño? Con su armadura, su espada presta a derrotar a cualquier dragón, monstruo o criatura maligna. Salvar a la princesa de las garras de la oscuridad, con su corazón valiente, con su cuerpo preparado para la batalla, con su determinación por poner luz en la oscuridad. ¿Conoces todas esas historias? En realidad yo creía conocerlas también, pero resulta que aparece Atilio y el argumento da un giro sorprendente que convierte una aventura en un aprendizaje sobre lo que es realmente importante.
La lectura debe convertirse en una especie de juego, en un laberinto donde las letras son los pasos y nuestro cuerpo – en este caso, los ojos – los pies que nos llevan a vivir todas las aventuras posibles. Atilio nos cuenta la historia de un ratón al que le gusta la lectura, le encantan las historias de caballeros, y cuando la ratona de la que está enamorada desaparece, cree que ha sido raptada por alguna malvada criatura. A los niños les encanta la fantasía, viven en ella casi todo el rato mientras con cada juego su imaginación se expande. Fran Pintadera nos lleva de la mano de este personaje para entender que, al final, la fantasía puede estar simplemente en un pequeño beso, en ser quiénes realmente somos, sin necesidad de vestirnos de caballeros, porque la fantasía no trata de vivir en primera persona las vidas de los personajes, sino de disfrutar de la lectura y de la realidad que nos rodea. Ahí, quizás, en ese pequeño acercamiento de labios, está la respuesta a todas las preguntas.
Si, además, unimos esta apasionante historia con el buen hacer – rozando la excelencia, me atrevo a decir – de David Guirao en la ilustración, estaremos ante uno de esos hallazgos que gustará tanto a adultos como pequeños. Porque Atilio no deja de ser ese niño que vivió una vez las aventuras más grandes que se podían imaginar y que convertía un simple sueño en batallas contra dragones, un único cerrar de ojos en un mundo imaginario donde todo era posible. Puede que no debamos nunca perder eso, no olvidar mientras abramos este libro, que allí, incluso en una humilde ratonera donde un pequeño ratón cree en la fantasía y en el amor por encima de todo, es donde se encuentra el verdadero sentido de por qué, desde bien pequeños, sentimos ese acercarnos a la literatura como si fuera uno de nuestros mejores amigos… que nunca nos abandona.

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