viernes, 6 de noviembre de 2015

¡Duérmete ya, joder! (o cómo publicar un libro incorrecto)

Hoy traigo al blog un libro que quizá conozcáis pero que me viene al pelo para hablar de otros temas más allá del propio libro. Se trata de ¡Duérmete ya, joder!, de Adam Mansbach y publicado por Reservoir Books.

Ya uno con el título se hace una idea de que no tiene entre manos un libro infantil, a pesar de la estética aterciopelada que se respira en la portada y en el resto de ilustraciones de Ricardo Cortés. Si bien es cierto que el "joder", está concienzudamente fundido con una radiante luna llena, el lector adulto advertirá de un plumazo la intención y la palabra escondida. La historia es sencilla: un papá intenta dormir a su pequeña y no hay manera de lograrlo, su frustración toma forma de versos, de canción, de nana en la que bailan al mismo son paisajes oníricos típicos de una canción de cuna y palabrotas y maldiciones varias causadas por el fracaso estrepitoso del padre. De muestra, un botón:

Los gatos se acurrucan con sus gatitos
las ovejas duermen con sus bebés.
Tu cama está calentita, cariño.
Venga, duérmete ya, joder.

o

El tigre se ha tumbado en su selva,
y en su guarida la serpiente de cascabel.
Que se joda tu osito, no te traigo juguetes.
Cierra os ojos. Corta el rollo, joder.




Me pirran los libros gamberros para niños, y creo que un libro gamberro para padres también es necesario. Lo veo como un libro secreto del que podemos hablar los adultos cuando los niños nos dejan solos, igual que hacen ellos cuando se cuentan sus secretitos: es justicia poética. Si hay almas sensibles que se ruborizan con lo incorrecto, lo indeseable, y todo aquello que se aleje de lo instauradamente moña, no les gustará el libro. Hace unos años se instrumentalizó la literatura infantil como dogma moralista de buenas costumbres. Aún hoy sufrimos coletazos de esas épocas pasadas, pero algo hemos cambiado. Ahora, las moralinas ha mutado en educación emocional y valores. Importa más la lección de vida del libro que la historia y luego nos quejamos de que los niños no leen. Es obvio que gran parte de los cuentos tienen componente emocional, porque están escritos por seres humanos que, aunque sean escritores, también tienen sentimientos. ¡No viven en un limbo emocional! Y la historia nace en algún lugar, pero de ahí, a que SOLO nazca para contar su verdad, su lección, su enseñanza divina... prefiero un libro de Coelho, 

Debemos cuidar de la infancia, pero también debemos jugar con ella. Debemos cuidar de nuestra paternidad y relación con nuestros pequeños, pero también debemos reírnos de ella. Porque el que se ríe de sus fracasos y sus frustraciones es una persona sana, y el que intenta aparentar que vive en un mundo de rosas... debería pedir ayuda profesional... o leerse un libro como este. Creo que es una propuesta inteligente escribir un libro macarra con humor, canalizar sentimientos que, puntualmente, nos pueden aparecer, Y en ese punto, este libro lo borda.

En esa línea, leí unos cómics hace un tiempo de Manel Fontdevila "Guía para padres desesperadamente inexpertos" y "Somos padres, no personas". No son tan bestias como esta propuesta, pero saben reírse del mito de la paternidad feliz y nos baja a la tierra. En definitiva, que es una alegría leer  libros incorrectos, porque lo correcto puede estar bien, pero por suerte, no es el único camino.

3 comentarios:

  1. Me declaro fan de los cuentos gamberros también y sin duda buscaré esta propuesta...
    Cuánta razón en cuanto al carisma rosita pastel del que se caracteriza la paternidad hoy día y qué miedo me da en lo que se pueda convertir ésta sociedad...

    ResponderEliminar
  2. Me declaro fan de los cuentos gamberros también y sin duda buscaré esta propuesta...
    Cuánta razón en cuanto al carisma rosita pastel del que se caracteriza la paternidad hoy día y qué miedo me da en lo que se pueda convertir ésta sociedad...

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    Respuestas
    1. Yo considero que hay espacio para todo, el miedo son los dogmas sean en la relación con los hijos o en la vida misma. Por mi parte no entiendo el amor sin humor, ni hacia los hijos ni hacia nosotros mismos.

      Abrazos

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